Para la mayoría de nosotras el día de nuestra boda es, por regla general,uno de esos días que te hacen sentir muy especial… Pero algunas, además de sentirse unas princesas… ¡se convierten en ellas!

En blanco y negro o en color, guardados los recuerdos en un álbum de fotos o vivos y permanentes en nuestra memoria, el día de nuestra boda se recuerda siempre como ese día especial.

Yo el día de mi boda tuve la inmensa suerte de compartirlo con las dos personitas más especiales de mi vida, vestiditos para la ocasión: mis dos amores eternos…

Hay bodas que me devuelven la fe en el amor, la emoción, la credibilidad en la felicidad en pareja… La boda de Meghan Markle y el príncipe Harry es un buen ejemplo.

Única y sublime. Grace Kelly se convirtió en el primer cuento de hadas hecho realidad. La actriz mundialmente conocida se casaba con un príncipe de cuento para reinar en un pequeño país.

Las bodas reales entre miembros de la realeza y plebeyas. Una palabreja que me transporta de inmediato al cuento de la Cenicienta de Disney se ha convertido de un tiempo a esta parte en un subgénero en alza dentro de siempre colorido y vistoso género de las bodas de las familias reinantes. Eso pese a la frontal oposición de algún periodista nostálgico de otros tiempos a esa clase de “mezclas”…

Además de imponer un estilo muy especial de mujer, situó Mónaco como la referencia mundial de glamour y alta sociedad.

Es cierto que dichas plebeyas, porque salvo contadas excepciones son chicas acostumbran a ser gente que trabaja en el mundo del espectáculo y la comunicación, ya sean como actrices o como en el caso de la reina Letizia, como periodistas pero frente a la cámara presentando el Telediario.

La añorada Diana de Gales. Una mujer que marco una época y rompió buena parte de los estereotipos convirtiéndose en la princesa que miles de chicas querían ser.

Madre ejemplar pese a su rango, sus hijos Guillermo y Enrique, nuestro protagonista, aun hoy la añoran a diario y ha estado presente de mil maneras en ambos enlaces reales.

No deja de resultar curioso este cambio de tendencia social. Sobre todo porque tradicionalmente, ante la endogamia ancestral de las casas reales que llegaba incluso a la propia degeneración genética de la misma, nosotras, las plebeyas, mucho más guapas, atractivas e inteligentes (algo siempre peligroso para hombres inseguros) que las herederas casaderas de sangre azul, nos veíamos relegadas, si acaso, al papel de ligue esporádico cuando no de amante real más o menos ocultas de los ojos del publico. Siempre manteniendo la discreción puesto que nuestra profesión de “titiriteras” estuvo mal vista por la alta aristocracia por los siglos de los siglos, y que conste que esto ultimo lo digo con pleno conocimiento de causa, después de haberlo vivido yo en mis propias carnes, soportando un día y otro esa mezcla de envidia y rabia contenida con la que la gente te mira como si fueras un bicho raro o una advenediza.

El mayor escándalo real del S.XX, fue sin duda la abdicación por amor del rey Eduardo VIII para pasar el resto de su vida junto a la dos veces divorciada norteamericana Wallis Simpson.

Los tiempos están cambiando… Más allá de divorciada y actriz, la duquesa de Sussex es mestiza, algo impensable en una institución como la monarquía inglesa hace apenas unos pocos años.

Doria Ragland, la madre de Meghan, es instructora de yoga y trabajadora social. Cuando paseaba a su bebe de piel blanca, la gente pensaba que era la niñera.

Pero hoy me siento feliz, y no sabría decir si por tratarse del hijo pequeño de la malograda y siempre añorada Diana de Gales, la boda entre el príncipe Harry de Inglaterra, un chico que claramente da muestras de tener cada vez mas los pies en la tierra, y la norteamericana Meghan Markle, ha tenido una carga mucho mas emotiva de lo normal y me ha parecido de lo mas romántica y bella… Atrás queda el tiempo en que el hermano de su bisabuelo, Eduardo VIII, tuvo que renunciar al trono por el amor de una norteamericana divorciada con la que, todo sea dicho, vivió hasta el fin de sus días: Wallis Simpson.

La historia de Letizia Ortiz es nuestro cuento, una historia que nos lleva desde un plató de informativos de TVE al palacio de la Zarzuela, al lado del Rey Felipe VI.

Por fortuna, aquella intolerancia quedó para el recuerdo, anacrónica con la necesaria normalización de la monarquía como una forma de representación de ciertos estados. Desde actrices como Grace Kelly, princesa en Mónaco, hasta azafatas como la reina Silvia de Suecia, sin olvidarnos del escándalo que a principio del siglo XXI supuso la decisión del príncipe Haakon heredero al trono de Noruega con la polémica Mette-Marit.

Silvia de Suecia enamoró a los suecos con su clase y sencillez… Cálida, discreta y solidaria, era una azafata que en 1976 se convirtió en reina.

Y sin ser ni mucho menos reina, pese a ser la consorte del líder electo del país más poderoso de la tierra, no hay que olvidarnos de Melania Trump. Ella es uno de los más claros ejemplos del binomio entre belleza y poder… Porque cuando Donald Trump dio el “sí, quoero”, ya era uno de los hombres más ricos y poderosos de EEUU; y en absoluto le importó que hubiera sido portada de una publicación. Ni a él, ni más tarde a los millones de americanos que depositaron sus esperanzas en su candidatura como Presidente.

El tercer matrimonio del multimillonario Donald Trump con Melania, una modelo que llego a posar desnuda para GQ, y según cuenta la leyenda para PlayBoy, demuestra que no hay límites a la firme determinación de estar juntos

¿Quien dijo que los cuentos de hadas eran solo cuentos? Ahora como dice el dicho, solo falta que sean felices y que coman perdices…

FOMI

Y lo más importante: no importa que, como me ha pasado a mí un par de veces,el príncipe azul al final nos salga rana, porque por encima de todo nos sabemos al final siempre princesas…